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 ESTE MUNDO : La importancia espiritual de la alimentación en el Islam

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MensajeTema: ESTE MUNDO : La importancia espiritual de la alimentación en el Islam   Lun Ene 05, 2009 9:08 pm






La importancia espiritual de la alimentación en el Islam


(El mes de Ramadán y el sacrificio del cordero)


Abdelmumin Aya


Una vez acabado el Ramadán, la
nueva cita del calendario musulmán es con el Día del Sacrificio, en el que la
tradición recomienda que cada padre de familia sacrifique un cordero. Ambas
celebraciones están estrechamente relacionadas, no sólo por su cercanía en el
tiempo, sino por su carácter de aprendizaje de una importante realidad material:
la necesidad que tiene la criatura de alimentarse y sus implicaciones
espirituales.

La criatura es un ser dependiente; su
poder no reside en sí mismo, sino que su mera existencia es una deuda que tiene
con aquello ante lo que ha decidido postrarse, que es -ante todo- lo que se
basta a Sí mismo (al-Qayyûm). La tradición nos dice que Adán se engrió al verse
creado y que, entonces, Allah le hizo pasar hambre; junto con el pan, Adán
encontró a Allah.


Junto con su condición de ser
no-autosuficiente, la criatura establece la religión, esto es, el reconocimiento
de que existe algo que no ha sido creado, de lo que depende que todo -ella
misma- se preserve en el ser. En este sentido, el Ramadán nos ha recordado lo
necesario que nos es el alimento y la bebida y, mas allá de la necesidad, nos ha
recordado el placer supremo que supone un bocado de comida o un sorbo de bebida
cuando en el iftâr cada día rompíamos el ayuno de Ramadán. Mientras lo hacíamos,
a algunos que somos proclives a viajar con la mente por las regiones siderales
del Pensamiento, se nos iba la cabeza al milagro imposible de desentrañar que
supone que gracias a ese alimento la criatura se preserve en el ser, lo que es
tanto como decir, que gracias a su alimento la criatura se mantenga como
Manifestación de Allah. Por eso, es posible que no haya acto tan sagrado para la
criatura como el alimentarse. ¡Hasta tal punto Allah no es un ser ajeno,
distinto, aparte de la existencia, que ‘su trabajo” es realizado por cada una de
las criaturas una vez que éstas ya están en la existencia!... Todo esto ha sido
un aprendizaje posible gracias al ayuno a que nos obliga el
Ramadán.


Y, tras el Ramadán, nos encontramos con
la segunda parte de este aprendizaje de sí mismo en el tema de la alimentación,
que recibe el hombre que se ha puesto bajo la protección del Islam: el Día del
Sacrificio.


En el Día del Sacrificio recordamos lo
que cuesta a otros seres vivos el que nosotros nos mantengamos en la vida. La
mayoría de nosotros comemos animales, pero no queremos asumir el coste de
nuestras acciones: la muerte de otros seres. Preferirnos que sean otros los que
hagan el trabajo de matar. Es hipócrita nuestro cerrar los ojos ante nuestras
necesidades. Y tan necesario (y tan natural) es a la criatura la muerte de otros
seres vivos, como desnaturalizado es que tenga complejo de culpa por ello. En
realidad, es tan absurdo un hombre con complejo de culpa por comer carne como un
león o un tigre atormentado por idénticos escrúpulos de conciencia. El
vegetarianismo es una opción legítima en el Islam, y hasta significativa de un
cierto grado de sensibilidad en la persona. Pero no nos confundamos: el Islam es
la religión del hombre, no la del ángel: la de la calle, no la del eremita, ese
santo virgen y mártir que no mamaba los viernes del pecho de su madre. No es un
Cristianismo que pretende que tengamos unas necesidades diferentes de las que
tenemos y que sólo sirve a los santos, mientras que al amparo de estos hombres
excepcionales se fragua la civilización más destructiva que jamás se haya
concebido. En el Cristianismo, tras cada Madre Teresa de Calcuta se han
parapetado cientos de miles de cómplices del Sistema que se dicen cristianos y
que a diario son los artífices de una civilización sin Dios, tras cada Francisco
de Asís miles de explotadores del entorno, como en el futuro tras cada cura
obrero o cada teólogo de la liberación -ahora denostados- se esconderán un
sinnúmero de burgueses con sus prejuicios de clase. El Cristianismo ha dado
lugar al Capitalismo por poner las metas del hombre demasiado lejos de su
naturaleza real; así, mientras unos pocos se dedicaban “a la santidad”, millones
con la excusa de que “no todos podemos ser santos” montaban la más abominable
estructura material de una civilización que ha dado la espalda a lo sagrado. El
Islam parte de la naturaleza real del hombre y de sus acciones cotidianas, no de
cómo debería ser, porque, en el fondo, querer que las cosas sean de un modo
diferente a como son -a como no pueden dejar de ser- es una forma de shirk, es
un creer que nosotros lo habríamos hecho mejor, es un juzgar el mundo desde la
cabeza del hombre. Allahu Akbar. El Islam es la religión de la bendita
sexualidad, la de la violencia natural (legítima tensión dentro de la sociedad
para que no se corrompa)... es la religión que bendice las necesidades y no la
que trata de abolirlas como si jugáramos a ser dioses y quisiéramos crear el
mundo de un modo diferente. Este mundo es el mejor de los mundos posibles, y ser
religioso en él es tan sólo ser hombre, árbol, cascada, roca... No hay nada
especial que hacer. Basta con ser para ser manifestación de
Allah.


El sacrificio de animales es un buen
aprendizaje (para todo aquel que coma carne) de las consecuencias de sus
acciones. Nadie debe estar de espaldas a sí mismo: “El que se conoce a sí mismo
conoce a su Señor”, dice el hadiz. Así que el Islam, una vez al año, te obliga a
saber cuál es el precio de que tú estés vivo, te obliga a derramar sangre de
animal si cotidianamente te alimentas gracias a que eso ocurra. Algo que aún en
nuestros pueblos es un hecho tan natural que no inmuta a nadie, y que sin
embargo hace temblar al ciudadano. ¿Sabéis cuál fue mi primer pensamiento la
primera vez que corté el cuello de un cordero, con esa mirada limpia y
penetrante del que va a ser sacrificado, esa sangre que brota caliente
impregnado su propio cuerpo blanco? Mi primer pensamiento fue: “Tengo que
devolver a la Vida lo que me ha dado.”


En sociedades tradicionales no se da
este tipo de persona que “juega” a no tener sentido en su vida, no se dan los
deprimidos, los suicidas, los que viven en el tedio de dejar pasar los años...
Nosotros, los ciudadanos, encargamos a otros todas las muertes (leñadores.
matarifes, verdugos, soldados...) que nos son necesarias, y por ello creemos que
nuestra deuda está saldada con pagar un dinero por una mercancía o pagar unos
impuestos. No es así. Nuestra deuda con la Vida se salda sólo compensando con
nuestra actividad diaria, nuestra alegría de vivir, nuestro amor por el mundo,
nuestra creatividad, el Arte, la Poesía, la contemplación de la Naturaleza,
digo, compensando con todo ello las muertes de los seres por las que seguimos
estando vivos. El hombre debe preservar la Naturaleza, sin excusa, y a sí mismo
como parte inmersa en esa Naturaleza. El hombre no es algo opuesto al Todo, sino
parte del Todo. No es ni el Rey de la Creación, ni un esclavo que tenga
prohibida toda injerencia en la propiedad de su señor.


Puede usar del mundo como lo usan el
resto de las criaturas, sin complejos de culpa, pero con el respeto del que sabe
que somos hijos de la tierra, y el que prostituye a su madre se prostituye a sí
mismo. Los hombres que viven de un modo tradicional siempre han matado para
alimentarse, pero sólo en la medida que les ha sido necesario y con la
racionalización con que lo hace el que conoce bien la Naturaleza.

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