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 La invitación del Califa

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MensajeTema: La invitación del Califa   Vie Mayo 06, 2011 5:13 am




LA INVITACIÓN DEL CALIFA

Umar ibn ‘Abdul ‘Asis radia Allah anhu fue otro califa que cumplía fielmente los mandatos del Profeta sal-lâ Allah alehi wa salam. Le llamaban ‘Umar segundo. Muchos de sus predecesores habían sido buenos gobernantes, pero él vivía una vida sencilla, a pesar de gobernar territorios que iban desde el Océano Atlántico en el Oeste, hasta la India en el Este. Antes de ser nombrado califa, vivía con lujos, pero tan pronto como asumió el cargo y adquirió la responsabilidad de Califa abandonó todos los lujos. Restableció la justicia y el orden. Confiscó todas las riquezas y tierras adquiridas ilegalmente y las devolvió al tesoro o a sus legítimos dueños.

Trabajaba duramente todos los días y con su esfuerzo y ejemplo trataba de demostrar a los demás como vivir correctamente.
Muchos de los funcionarios de su gobierno siguieron su ejemplo. Aún siendo gente muy importante vivían vidas muy sencillas.

Sin embargo, algunos funcionarios no prestaban atención a lo que el califa decía. Entre estos últimos estaba Bismillah, que era el jefe de los ejércitos musulmanes. Bismillah era un militar excelente, un hombre valeroso y sin miedo, a quien todos los soldados querían y respetaban. Pero tenía una debilidad: Le gustaba demasiado la buena comida. Solía gastarse mil dirhams diarios, por lo menos, en comida para él solo.

Cuando Umar ibn Abdul Asis radia Allah anhu se enteró de esto, se sintió disgustado. Pensó en los pobres y en los necesitados. Con mil dirhams diarios se podía conseguir gran cantidad de comida para los que no tenían alimentos. Como Umar ibn Abd Asis era el califa, pensó que tenía que hacer algo a cerca del egoísmo de su amigo, pero le resultaba difícil dar con la forma de plantearlo. Pensó con cuidado y durante bastante tiempo en este problema. Y un día, de repente, se le ocurrió una idea.

Umar ibn Abdel Asis mandó a un sirviente para que invitase a Bismillah a comer al día siguiente. Luego, habló con su cocinero y le dijo: ‘’Quiero que prepares para mañana la mejor comida que hayas hecho en toda vida. Dejo en tus manos la decisión de qué cocinar. He invitado a comer a Bismillah. Prepara algo que pienses que realmente le va a encantar. Y cuando lo hayas hecho, prepara también un plato de gachas de avena’’. El cocinero pensó que el califa estaba mal de la cabeza, pero hizo lo que se pedía. Besmillah estaba encantado de ir a comer con el califa. De hecho, cuando llegó a casa del califa estaba hambriento.


El califa le recibió cortésmente y empezó a hacerle preguntas acerca del ejército: ‘’¿Qué tal iban los soldados? ¿En dónde se estaban entrenando?, ¿Tenían los oficiales del ejército suficientes hombres? Y así sucesivamente.

Pero cuanto más hablaba el califa, más hambriento se sentía Bismillah. Como es natural, no podía decirle al califa lo hambriento que estaba, (no sería de buena educación) pero sentía más hambre que nunca.

El califa, por supuesto, sabía como se sentía Bismillah. Podía ver en la cara de Bismillah que estaba muerto de hambre. De repente, el califa dejó de hacerle preguntas y llamó al cocinero. El cocinero acudió enseguida. Estaba esperando que el califa le mandara servir la suculenta comida que tan cuidadosamente había preparado.

El Califa miró al cocinero y le dijo con una sonrisa: Bismillah está empezando a tener hambre. Tráele algo que le ayude a aliviarla hasta la hora de la comida. Trae la comida que te dije que preparases al final.

El cocinero sorprendido ante esta petición, regresó con el plato de gachas y lo colocó delante del califa, el cual lo ofreció a Bismillah, que estaba tan hambriento que inmediatamente empezó a comérselo.

Cuando Bismillah acabo de comerse las gachas, el califa le hizo algunas preguntas más. Después volvió a llamar al cocinero y le dijo que trajera la comida.
El cocinero estaba satisfecho, había trabajado muchísimo para preparar aquella comida tan espléndida. A Bismillah le encantaba el pavo asado, el cordero en salsa, el arroz con azafrán, los bollos de miel…

Pero Bismillah echó una ojeada a la comida y dijo: ‘’Me temo que no podría comer otro bocado. Me he quedado lleno después de comer el plato de gachas’’.

Al oír esto, el califa dijo: ‘’Mi querido amigo, la avena de las gachas no ha costado más de un dirham. Dime, pues, ¿si puedes comer bien con un dirham, por qué te gastas más de mil dirhams diarios en comida para ti solo? Dios no ama a los que despilfarran. Si gastases esos mil dirhams en los pobre y necesitados, Dios te amará más’’.

Bismillah quedó tan impresionado por lo que el califa había dicho que desde aquel día gastó mucho más dinero en ayudar a los pobres que en su comida.

Jurram Murad y M. Salim Kayani


(*) radia Allah anhum


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